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Máximo Kinast Avilés

Personas y personajes

TEO HA MUERTO

 


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Se nos va otro obrero revolucionario…

En la madrugada del jueves 17 de septiembre, ha muerto nuestro querido compañero Teo, como herencia nos deja muy en alto las banderas de la lucha humilde, unitaria e incansable por el Socialismo, la democracia y la libertad.

Velaremos sus restos mortales en la Confederación de Empleados Particulares de Chile (CEPCH), ubicada en Valentin Letelier Nº 18, en Santiago Centro

Joaquín “Teo” Guzmán, nació en la zona norte de Santiago hace más de 63 años, hijo de un obrero panificador, que al participar en una Toma de Terreno abrio las puertas a la toma de conciencia de su hijo mayor.

A inicios de los 60 se vincula a través de Humberto Valenzuela con el Partido Obrero Revolucionario, iniciando una senda de luchas  sociales, políticas e ideológicas que lo llevaron a militar en el Partido Socialista Popular (PSP), participar activamente en la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, (MIR), a exiliarse brevemente, a organizar la Resistencia a la Dictadura, y en el ultimo tiempo, a fundar el MAP y jugársela por el MPT.

Teo fue un obrero de palabra y de hecho. Uno se sus primeros trabajos fue en la empresa de calzado Gracia, situada cerca de Santa Rosa, donde trabajaban más de tres mil personas. Por su nivel de compromiso, los obreros le asignan la tarea de contactarse con la Federación del Cuero y Calzado, para formar un sindicato.

Se entrevista con Ernesto Miranda, presidente de la Federación, quién le dice que tiene que arrendar una sede. En esa sede Miranda hizo clases de sindicalismo y allí se organizó el sindicato de la empresa Gracia.

El 69 entra a estudiar la secundaria, en una escuela nocturna, de las que se crearon con el gobierno de Frei. Allí, él como mirista y otros compañeros de la Unidad Popular, forman el primer Centro de Alumnos de la nocturna. El éxito de esta inicativa los lleva a organizar centros de alumnos en las escuelas nocturnas de Santiago, donde “los estudiantes” eran obreros y trabajadores muy combativos.

El año 1969, en solidaridad con sus compañeros trotskistas expulsados por la dirección del MIR, se automargina de éste e integra el MIR-FR. Como militante del MIR Frente Revolucionario participa en la formación del Frente de Trabajadores Revolucionarios  FTR, impulsado por el MIR y otras organizaciones revolucionarias.

Durante la Unidad Popular participa en  el Movimiento de Pobladores Revolucionarios MPR, y junto a Víctor Toro, Herminia Concha y otros grandes dirigentes populares.

Luego del golpe de Estado, es perseguido y el 75 se autoexilia por unos meses en Argentina., en donde y milita brevemente en el Partido de los Revolucionario de los Trabajadores y es enviado a realizar trabajo poblacional con los chilenos.

En un período en que la mayoría de los militantes optaban por un repliegue, o eran detenidos ante la feroz represión dictatorial, él decide volver a Chile y se integra activamente a la lucha de la Resistencia a la dictadura, formando comités, vinculándose nuevamente al MIR, hasta el año 79.

El 80, su hermano, que trabajaba de garzón en Chez Henry, lo lleva a trabajar con él. Pronto, por sus cualidades de gran sensibilidad social e inteligencia es electo dirigente de los garzones.

Participa en las protestas populares, y es detenido en varias oportunidades. Sobrevive a una represión que le deja con secuelas y en débil condiciones de salud. Por esos años encuentra a su compañera Olga Huenchunán con la cual tuvieron dos hijos  Claudia y José Luis.

Participa en iniciativas diversas, como la formación del grupo Abya-Yala, y en la edición de su revista, donde muchos lo recuerdan vendiendo sus ejemplares en cuanta marcha y movilización se realiza.

Luego participa en el Foro por la Democracia, donde confluyen personas y corrientes que no estaban de acuerdo con el remedo de democracia que tenemos y llamaban a la Asamblea Popular Constituyente.

Desde allí va a concurrir en la formación del Movimiento por la Asamblea del Pueblo, participando activamente en su primer Congreso y sus dos Conferencias posteriores.

A lo largo de su vida consciente nuestro querido Teo ha estado en la vanguardia ideológica, apoyando siempre las ideas y corrientes que abren camino en la construcción de la unidad social y la herramienta principal con que cuentan los pueblos para su liberación, la organización política revolucionaria, que tan necesaria nos es hoy.

Como era multifacético, trabaja en diversas iniciativas de propaganda. Con su hermano Luis, muralista experimentado, desarrolla murales y actividades organizativas de los muralistas populares.

Valora el trabajo de las radios populares y por su participación en la Radio Villa Francia es electo su director.

Hasta su deceso es el responsable de la Comisión Sindical Metropolitana del MAP,  haciendo importantes aportes en la política sindical, levantando siempre la importancia de que los trabajadores tengan una Plataforma que los oriente en sus luchas.

Cómo se preocupaba por el rescate de la  memoria Histórica, fue impulsor junto a Herminia Concha y Margarita Peña, de la Historia del Movimiento Obrero, escrita por uno de sus protagonistas, el dirigente obrero Humberto Valenzuela.

No descansa en la solidaridad con los trabajadores en lucha, participando también en el apoyo a la lucha de los mineros de Tambillo. Cuando en Agosto nos enteramos de que un cáncer fulminante lo tiene a mal traer, una gran corriente solidaria quiso rendirle un merecido homenaje. Aunque ya estaba muy delicado de salud, concurrió a ese ultimo Encuentro con la vieja guardia troskista, la cultura MIR, los comunicadores populares, los mapsistas y los emepetistas, que pierden hoy no solo a un hermano de lucha, a un compañero inclaudicable… sino un pedazo de la historia viva de las luchas del pueblo y los trabajadores.

A su familia, nuestras condolencias. A sus compañeras y compañeros de lucha…  a seguir el ejemplo del Teo, luchador social, obrero siempre, revolucionario integral!!

 

¿ADÓNDE VAN?

¿Adónde van…?

 

Cuando el hilo de la vida se corta de repente,

Dicen que el alma vuela hacia otras latitudes

¿Adónde van los albañiles de sueños

Sino a crear fortalezas de justicia

En otros sitios lejanos

Pero ardientes?


Dicen que tú, arquitecto de la historia

De esa Revolución heroica por la vida,

Te nos alejas de cuerpo

¡Cuánto duele

Que nos priven de tu presencia de gigante!


Más tú te quedas aquí, mi Comandante,

Junto a Fidel, a Camilo, al Che

Presentes

En la magnificencia de una historia

que no muere,

Pues el día a día la engalana con vigencia

Que no puede borrar la absurda muerte.

 


No llores Cuba, los grandes nunca mueren,

Que la sonrisa se dibuje en esas bocas

Que desde el alma van construyendo ideas.

 

Ya tu misión, mi comandante Almeida

Está cumplida

Ahora comienzas a apilar ladrillos

Que cubran todos los cielos

De la tierra…


Ingrid Storgen

Setiembre 12 de 2009

http://www.kaosenlared.net

300 CANCIONES Y DOCE LIBROS, LA OBRA DE UN REVOLUCIONARIO

Fuente: La Habana, 12 de Septiembre de 2009

Nota de Prensa:

Falleció el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque

Con profundo dolor, la Dirección del Partido y del Estado comunica a nuestro pueblo que el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, miembro del Buró Político y Vicepresidente del Consejo de Estado, falleció en esta capital a las 11:30 de la noche de ayer 11 de septiembre, como consecuencia de un paro cardio-respiratorio.

Juan Almeida BosqueEl compañero Almeida nació en la capital del país, el 17 de febrero de 1927. En medio de las privaciones de un hogar humilde y numeroso, con sus padres como guía se formó en los más altos valores patrióticos y aprendió en la misma vida que la lucha es el único camino de los pobres para conquistar sus derechos escamoteados.

Tan pronto se produjo el golpe de Estado en 1952, se sumó a la lucha contra la tiranía vinculándose con el compañero Fidel. Era un obrero albañil hasta el asalto al cuartel Moncada en 1953, y el segundo de doce hermanos que ayudó al padre a mantener a su numerosa familia.

En los 57 años transcurridos desde entonces, el Comandante Almeida estuvo siempre en la primera línea de combate junto al Jefe de la Revolución, valiente, decidido y fiel hasta las últimas consecuencias.

Vicepresidente del Consejo de Estado de Cuba y Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque. (Foto:Efe)

Fue la actitud invariable del asaltante del Moncada, del prisionero político en Isla de Pinos, del revolucionario exiliado en México, del expedicionario del Granma, donde fue uno de los tres jefes de pelotones; del oficial en los días fundadores del Ejército Rebelde, que recibió dos heridas en el combate de El Uvero; del Comandante del Tercer Frente Guerrillero, y del jefe militar y dirigente revolucionario con numerosas y elevadas responsabilidades, luego del triunfo del Primero de Enero de 1959.

Integró el Buró Político del Comité Central del Partido desde su fundación en 1965, responsabilidad en que fue ratificado en todos sus Congresos. Resultó electo Diputado a la Asamblea Nacional y Vicepresidente del Consejo de Estado, desde la primera legislatura de nuestro Parlamento.

Su especial sensibilidad humana y artística hizo posible el difícil reto de simultanear su intensa, responsable y fecunda labor como dirigente revolucionario, con una valiosa y prolija obra artística, la cual incluye más de 300 canciones y una docena de libros que constituyen un invaluable aporte al conocimiento de nuestra historia.

Asumió con particular amor y entrega la tarea de presidir la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana. Consagró sus últimas energías a garantizar que la organización fuera un sólido y efectivo baluarte de la Patria.

El nombre del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque permanecerá por siempre en el corazón y la mente de sus compatriotas, como paradigma de firmeza revolucionaria, sólidas convicciones, valentía, patriotismo y compromiso con el pueblo.

Por sus muchos y relevantes méritos recibió múltiples condecoraciones y órdenes nacionales e internacionales, entre los que destaca el Título Honorífico de Héroe de la República de Cuba y la Orden Máximo Gómez de primer grado, otorgados el 27 de febrero de 1998, en ocasión del aniversario 40 de su ascenso a Comandante en la Sierra Maestra.

Atendiendo a su voluntad, los restos mortales del compañero Juan Almeida Bosque no serán expuestos. Serán inhumados con honores militares, en fecha que se anunciará posteriormente, en el Mausoleo del III Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, del que fue fundador y su único jefe, donde reposan los restos de los heroicos combatientes de ese aguerrido Frente.

El domingo 13, entre las 8 de la mañana y las 8 de la noche en que será decretado Duelo Oficial, nuestro pueblo podrá rendir homenaje de reconocimiento y cariño a su memoria en el Memorial José Martí de esta capital que fue su cuna, y en el Salón de los Vitrales, en la base del monumento a Antonio Maceo de Santiago de Cuba —ciudad heroica a la cual amó entrañablemente, donde combatió a las fuerzas de la tiranía y posteriormente trabajó al frente del Partido, como Delegado del Buró Político en la antigua provincia de Oriente—, así como en las capitales de todas las provincias, incluyendo la Isla de la Juventud donde guardó prisión, tras el asalto al cuartel Moncada.

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UN SALUDO DEL DR. INTI PEREDO

Estándo en una reunión familiar me enteré del fallecimiento del Comandante Almeida. ¡Cuanto dolor en lo más profundo del ser! Un familiar había partido. No lo ví nunca. Jamás estreché su mano, ni tuve el honor de conocerlo, pero aún así un familiar entrañable de la gloriosa gesta había dejado de existir. La pena es igual que cómo si lo hubiera visto ayer, porque él, obrero, moncadista, combatiente, revolucionario es parte inseparable de nuestra revolución.

Fidel lo describió junto a  los Comandantes de la Revolución como : ” gente valiosísima, de los que sobrevivieron, estuvieron en el Moncada, estuvieron en el Granma, estuvieron en la Sierra, y vivieron los tiempos decisivos sin flaquear jamás”. Y es que para el Comandante Almeida “La Revolución es un hecho irreversible, tangente, que se concreta y materializa con nuestros planes de educación, servicios de salud, nuestra cultura, el desarrollo científico-técnico, mejoras en las condiciones de vida”.

Desde temprano se había identificado con la idea emancipadora de la gesta independentista y había hecho suyas las tareas inconclusas de Maceo y Marti, no hace poco el nos recordaba: “A quienes tienen el deber de dar continuidad a nuestro proceso les recuerdo, como eterno combatiente, un pensamiento de Maceo: ‘Quiero tener la gloria de haber contribuido al bien e independencia de Cuba, y llevar, con orgullo, el título de buen ciudadano, que da brillo y grandeza cuando se obtiene sin mancha’.

Pero además con plena convicción de futuro , veía el futuro en manos del relevo revolucionario, veía a nuestra juventud como “motivo de inspiración para nuestra lucha, nos proporcionaron fuerza y vocación para llevar adelante la Revolución, que no es una obra perfecta, pero es nuestra, la hemos desarrollado con amor y a favor de nuestro pueblo “, confiado en el futuro y como marxista convencido, señalaba el vínculo revolucionario histórico de las diferentes generaciones y decía  que “nuestra juventud tiene talento, capacidad creadora, ideas renovadoras, esperanzas, sueños. Con esas virtudes, movidos por los sentimientos patrios y educados en las enseñanzas de las generaciones que los precedieron, sabrán asumir la responsabilidad del momento que les toca vivir”.

El Comandande Almeida es ejemplo de los postulados del Apóstol quien señalaba que “así nuestros obreros se levantan de la masa guiada a la clase conciente: saben ahora lo que son, y de ellos mismos les viene su influencia salvadora”. La vida de Juan Almeida Bosque es la encarnación de tal precepto, lo decía el mismo: “sobran muestras de que trabajamos por un mundo mejor y de que no hemos dejado de soñar.”

Cómo saludo postrero y compromiso revolucionario te decimos Comandante: “Aquí no se rinde nadie” cómo no te rendiste ni en Alegría de Pío ni nunca. Caíste herido en aquella batalla y hoy caes herido en la batalla de la vida, pero no te rendiste antes ni te rindes ahora en la Inmortalidad de la revolución.

Patria o Muerte Comandánte. Nosotros tampoco nos rendiremos!

 

LA MEDICINA SIGNIFICA NEGOCIO ... PERO NO SIEMPRE

Aunque parezca increible, en Chile todavía hay médicos decentes. Son pocos, quizás demasiado pocos, es cierto, pero de haberlos, los hay, como el Dr. José Luis Contreras, a cuyo blog hace tiempo que tengo un enlace en el mio. Creo que no tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero tengo la certeza de que es una persona consecuente con su profesión.

Por eso, con mucho agrado, reproduzco este email que me ha enviado informándome de las novedades de su blog.

Máximo Kinast

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José Luis Contreras

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3-Niño en Paro Cardiorespiratorio:http://serviciodeurgenciapac.blogspot.com/2009/09/nino-en-paro-cardiorespiratorio.html
4-Gripe A:Ante todo mucha calma: http://serviciodeurgenciapac.blogspot.com/2009/09/gripe-ante-todo-mucha-calma.html
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14-Ter4apias alter4nativas en CESFAM http://www.portalcesfam.com/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=85&Itemid=100
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Dr. Josè Luis Contreras.
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SE HA APAGADO UN LUCERO

Estimados Socios y Socias

 

Con profundo pesar les comunicamos que en el día de ayer 22 de Agosto a las 20:18 (hora chilena) falleció nuestra socia y amiga Matilde Ladrón de Guevara.

 

Expresamos nuestro dolor y pena a la familia y a sus verdaderos amigos.

 

Como Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos nos enorgullece haberle dado el Premio a la Trayectoria 2009 en vida.

 

Con la pena y el dolor que significa perder a uno de nuestros miembros, les enviamos un abrazo fraternal a todos y todas.

 

DIRECTORIO DE SELAE

 

Julio Araya T. Director

Marcela Rodríguez V. Subdirectora

Juan E. García J. Consejero

Amparo Pilet V. Consejera

 

 

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Sociedad de Escritores de Chile

 

La Leona de Invierno ha partido, luego de cumplir, 99 años.

 

Santiago, 23 agosto 2009.- La Sociedad de Escritores de Chile (SECH), comunica a la comunidad literaria y a la opinión pública que a las 20:00 horas de ayer sábado, dado su frágil estado de salud, ha fallecido, a los 99 años de edad, la destacada escritora nacional, Matilde Ladrón de Guevara.

 

Sus restos aún se encuentran en la morgue del Hospital Militar, donde estuvo interna debido a una fractura de cadera que sufrió y donde se le constató un cáncer generalizado. A las 11:00 de la mañana del lunes, será trasladada a la sede de la Sociedad de Escritores de Chile (Almirante Simpson 7), donde permanecerá hasta las 17:00 horas, instancia en que se le brindará un último homenaje y se invita a todos quienes deseen despedirla. A continuación, el cortejo partirá rumbo al Cinerario de El Parque del Recuerdo.

 

En el año 2006, la SECH y el Centro de Estudios Lina Vera Lamperein, le rinde un sentido homenaje en reconocimiento a su trayectoria; fue una fiesta dedicada para ella, donde se la pudo ver radiante en compañía de un público caracterizado por el cruce de mundos que ella representaba, en los ámbitos de la literatura, el periodismo, la política, gremial y social.

 

Matilde, nació en Santiago de Chile, el 18 de agosto de 1910. Contrae matrimonio en 1932 con Marcial Arredondo Lillo, con quien tuvo dos hijos; Sybila y Marcial, a quienes la SECH desea expresar su cercanía y un fraternal sentimiento de pesar por la partida de quien fuera, además una prolífica escritora, una gran mujer de valentía y fortaleza admirable..

 

Fue una escritora de reconocida trayectoria, destacando como novelista, ensayista, cuentista y poetisa. La Crónica y el Testimonio fueron también actividad importante de su pluma. Estudió Sociología y Filosofía en La Sorbonne en París (Francia).  Comenzó a publicar en el año 1947 y sus obras han sido prologadas por figuras de renombre internacional como Gregorio Marañón y Pablo Neruda.

 

Entre su producción literaria, destacamos: Amarras de Luz, Poesía, 1947;  Pórtico de Iberia, Poesía, 1959; Mi Patria fue su Música, Novela, 1953; Gabriela Mistral, Rebelde Magnífica, Ensayo, 1957; Celda 13 (Junto a Juan Sánchez Guerrero), Novela, 1960; Desnuda, Poesía, 1960;  Adiós al Cañaveral, Crónica, 1962; Madre Soltera, Novela, 1966; Muchachos de Siempre, Novela, 1970; Ché, Poemas, 1970; Los Moai Están de Pie, Novela, 1971; Testamento, Poesía, 1973; La Ciénaga, Novela, 1975; La Ultima Esclava, Cuento, 1979; Te Amo Rapa Nui y Diez Cuentos, Cuento, 1981; Destierro, Diario, 1983; Y Va a Caer, Testimonio, 1985; Sybila en Canto Grande, Testimonio, 1988; Antología Poética Desnuda, Poesía, 1989; Pacto Sublime (Junto a Gabriel Egaña), Diario, 1992;  Por Ella, Sybila Viuda de José María Arguedas, Testimonio, 1995;  Cubanía y Ché, Poesía, 1998; Leona de Invierno (Desmemorias), Memorias, 1998;  Antología Poética (In) Completa de Matilde Ladrón de Guevara, Poesía, 2005.

 

Fue Corresponsal de la Revista Ecran, colaboradora de la Revista Zig-Zag, de los diarios La Tercera de la Hora, El Mecurio y de La Nación de Buenos Aires (Argentina) y  La Marcha de  Montevideo (Uruguay).

Realizó innumerables viajes alrededor del mundo, viviendo en las grandes urbes, experiencia que volcó en sus obras que, a la vez de entretener, muestran la amplia cultura alcanzada por la autora.

 

Obtuvo numerosos premios y distinciones, entre los cuales destacan:  “Juegos Florales Gabriela Mistral” Ilustre Municipalidad de Santiago, por su libro de poemas “Desnuda”;  “Luis Tello”, con su novela “Madre Soltera” y “Muchachos de Siempre”; el de la I. Municipalidad de Santiago por su conjunto de cuentos “La Última Esclava”; El Premio Nicomedes Guzmán, con los “Moais están de Pie”. También se le otorgaron amplios reconocimientos, en Chile y en el extranjero, en especial por diversas instituciones del ámbito literario.

 

Recientemente, por estos días, le llega la carta que le comunica que la Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos, SELAE de Italia, le otorga el “Premio a la Trayectoria 2009”, noticia que le provocó una gran felicidad.

 

A continuación recordamos un fragmento de su poema Hojas Muertas:

“Eran mis melodías cautelosas.

Era mi verbo un vano sentimiento

Era mi corazón un pulso lento,

Entre las hojas muertas silenciosas”

 

 

PRENSA SECH

Informa: Contacto con la cultura

Ximena Troncoso

8 2480464

 

"ASÍ LA POESÍA NO HABRÁ CANTADO EN VANO" (Aniversario de Pablo Neruda)


Pronunciado por Pablo Neruda
con ocasión de la entrega del Premio Nobel de Literatura.

www.neruda.uchile.cl/discursoestocolmo.htm

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones lejanas y antípodas, no por eso manos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles, y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando más bien- el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semiderribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.

A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes la ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis piernas se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los vaqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:
-¿Tuvo mucho miedo?
-Mucho. Creí que había llegado mi última hora -dije.
-Ibamos detrás de usted con el lazo en la mano -me respondieron.
-Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado, y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.

Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aun en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más", en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferente a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía- en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en su destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía al anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como arte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de una tembladera de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores- sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como truenos. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriagaba esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez esa sea la razón determinante de mi humilde caso individual; y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma; con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante, pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe. Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, ¿qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente Americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l'aurore, armés d'une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades).

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.

EN MEMORIA DE CAROLINA WIFF SEPÚLVEDA

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"Prometamos Jamás Desertar"
(Juan Azócar Valdés)

En memoria de Carolina Wiff Sepúlveda

Nació en San Javier de Loncomilla y era la segunda de cinco hermanas. Modesta Carolina Wiff Sepúlveda en 1945 inició sus estudios en la Escuela España de la cercana localidad de Villa Alegre. Tres años después, por la repentina muerte de su madre, se trasladó a la casa de sus abuelos maternos en San Javier y siguió allí sus estudios en la Escuela Superior de esa localidad. Los estudios secundarios los cursó en el Liceo de Talca, y luego de egresar, se matriculó en la carrera de Servicio Social de la Universidad de Concepción, la que abandonó en 1964 debido a que debía dedicarse a trabajar para contribuir al sustento familiar.

Un año antes se casó con Tulio del Campo Castillo. Del matrimonio nacerá su única hija, Paula Carolina.

Sus hermanas la recuerdan como una mujer que, desde niña, tuvo un carácter alegre y bondadoso, pero también algo desconfiado. Con los años, los temores desaparecieron y nació una capacidad para transformar cada hecho negativo en algo positivo y de valor para ella y su entorno. "Rebelde y tozuda", según su propia definición, no aceptaba la derrota ni las injusticias sociales, lo que gatilló desde muy joven una profunda sensibilidad social, que definirá su propia vocación profesional.

Le gustaba el canto, y a pesar de no tener ni voz ni oído para ello, solía cantar en veladas familiares o con amigos, interpretando las canciones de moda. Gustaba del baile y se destacaba en la cueca, los corridos y pasodobles, que ejecutaba con gracia y picardía femeninas.

Instalada en Santiago, se reincorporó a Servicio Social, ahora en la Universidad de Chile, en la que llegó a ocupar la presidencia del Centro de Alumnos, como abanderada de una lista presentada por la Democracia Cristiana Universitaria, y en la que enfrentó a Luisa Durán, candidata de la izquierda y actual esposa del ex presidente Ricardo Lagos.

Pese a su temprana proximidad con la DC, su vida pronto tomaría nuevos rumbos, de la mano de una especial práctica profesional.

El Centro de Demostración en Medicina Social era una experiencia piloto que la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile implementaba, desde 1958, en un sector de la antigua comuna de Quinta Normal, en el marco de su Cátedra de Higiene y Medicina Preventiva, destinada a complementar la formación de sus alumnos de sexto año.

Bajo la dirección del doctor Benjamín Viel Vicuña, recordado maestro y formador de sucesivas generaciones de médicos chilenos, se echó a andar esta iniciativa con un grupo de profesionales que compartían una visión progresista respecto de lo que debían ser los principios orientadores de la salud pública. Entre otros, allí estuvieron Mariano Requena, Manuel Ipinza, Luis Weinstein y Oscar Soto, que llegaría a ser el médico personal del futuro Presidente Allende.

La iniciativa buscaba la generación de un espacio que permitiera trasladar a la práctica los planteamientos que se discutían en las aulas y los claustros. La idea de sus promotores era que la salud pública debía ser esencialmente preventiva e integral. La visión suponía la consideración del conjunto de los factores sociales y comunitarios que pudieran estar incidiendo en la salud de la población, por lo que al poco tiempo de ser puesto en marcha el proyecto, el doctor Viel consideró necesaria la incorporación de profesionales de otras disciplinas: abogados, educadoras de párvulos y, de manera especial, asistentes sociales.

Lucía Sepúlveda Cornejo, hoy presidenta del Colegio de Asistentes Sociales, era entonces la profesional a cargo de la implementación del trabajo comunitario en aquella experiencia piloto. Para optimizar la atención, se acotó la intervención a un territorio cuyos límites eran las calles Nueva Imperial, por el sur; Santo Domingo, por el norte y Apóstol Santiago, por el oriente. Al poniente, los campos y chacras de Barrancas definían el límite natural de la intervención.

El cuadrante fue subdividido en tres sectores, en los que comenzó a ser fundamental el trabajo y el aporte específico de las asistentes sociales, para la identificación de factores incidentes en la salud de los vecinos y en las tareas de promoción de la organización comunitaria. Pronto, al alero del centro y de la mano de las asistentes sociales en práctica, se habían formado centros de madres, grupos juveniles y de hombres con problemas de alcoholismo.

En esas circunstancias, Lucía recibió un llamado de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Chile, en el que le pedían recibir en práctica a una alumna que, pese a sus buenas notas, suponía un cierto problema para la convivencia interna y la "imagen" de esa institución: la alumna en cuestión se encontraba embarazada, un hecho que no dejaba de ser bochornoso en una carrera que aún era vista como exclusiva para "señoritas".

Así, hacia 1964 Carolina se integró a una experiencia que sería determinante en su historia personal y profesional, y que al mismo tiempo, marcaría el inicio de la definitiva transformación de sus convicciones políticas. La mayoría de los profesionales y alumnos en práctica eran personas de posiciones progresistas, algunos militaban en partidos de izquierda, pero lo que realmente la impresionó fue la consecuencia entre el discurso que enarbolaban y la práctica concreta de sus ideas: se trataba de un grupo genuinamente motivado por el cambio social, que no tenía problemas en trabajar incluso los fines de semana y que demostraba un respeto y un compromiso profundo con los vecinos del sector.

El proyecto se fue consolidando y pronto el alcalde de Quinta Normal facilitó un terreno en el cual se habilitaron una sala cuna y un jardín infantil. Carolina trabajaba con entusiasmo, al tiempo que entablaba una profunda amistad con la joven doctora Gilda Gnecco, "la gringa", que pronto se transformará en la directora del centro, y con algunos de los futuros médicos que pasaron por él. Beatriz Allende, Ricardo Pincheira y Eduardo Paredes estuvieron entre ellos.

Gilda Gnecco recuerda nítidamente el carácter de Carolina durante su paso por aquella peculiar práctica profesional:

"Carola no fue una alumna más, fue especial desde el inicio; por su compromiso con las tareas indicadas, por su relación franca y clara con nosotros y con las familias de la comunidad, por su forma de plantarse ante el equipo cuando hacíamos "estudios de familia". Aparecía la futura profesional, armando su bagaje de contenidos teóricos y propuestas metodológicas. Pero le faltaba algo, algo que iba surgiendo del mundo de sus convicciones y valores personales: el componente político. Sin duda, su formación allí se estaba estructurando. De eso empezamos a hablar, sin casi darnos cuenta. De cómo veíamos y sentíamos lo que cada día llegaba a nuestro mundo docente y laboral. Empezamos hablando de casos concretos, de familias humildes y niños desnutridos, de maridos cesantes y conflictos familiares y del desafío para nuestras propias vidas como profesionales.

Nos molestaba la injusticia, la discriminación, las pocas oportunidades de la gente modesta; el arribismo de la clase media y la prepotencia de los ricos. Nos preguntamos, tantas veces, si bastaba el trabajo técnico, por bien hecho que estuviera. Ella lo tuvo más claro que yo, eso es evidente y se sumergió en la búsqueda de una opción política que le diera sentido a su búsqueda. Cuándo y cómo ocurrió, no lo sé, sólo sé que ocurrió y con el pasar del tiempo, ella ya egresada y trabajando, las conversas se fueron alargando y alargando."

Después de cumplir con su período de práctica profesional, Carolina se mantuvo en el centro (que a esa altura se había transformado en el Consultorio Ismael Valdés Vergara) hasta 1967, fecha en la que se incorporó a trabajar en el Departamento de Bienestar del Ministerio de Obras Públicas.

Un año más tarde, el viraje político de Carolina que ya intuía Gilda se haría explícito de una manera muy particular. En la Escuela de Trabajo Social, por primera vez en su historia, se realizarían elecciones para definir la jefatura de ese plantel. Las candidaturas que se confrontaban eran la de Pilar Alvariño, una destacada y antigua académica, y la de Lucía Sepúlveda, que regresó a dar clases a Servicio Social luego de terminar su relación contractual con la Escuela de Medicina. En el ambiente propio de la reforma universitaria, los estudiantes identificaron la postulación de Alvariño como una expresión más del conservadurismo político y académico, optando por Sepúlveda, que propiciaba innovadoras acciones de intervención y trabajo social "en terreno".

Entre los sectores que respaldaban la candidatura "oficial" se encontraban los profesores de la Democracia Cristiana. El día de las elecciones, buscando votantes por todos lados, el jefe de ellos, Rubén Michea, envió un taxi al Ministerio de Obras Públicas, para que trajera a Carolina, que podía votar en su condición de recién egresada. Lucía Sepúlveda se encontraba en su oficina cuando algunas alumnas le comentaron indignadas que Carolina había llegado "acarreada por la DC". Lucía contuvo su dolor, se sentía cercana a ella, por eso prefirió no hablarle cuando las mismas alumnas le dijeron que Carolina la estaba esperando para conversar. Al bajar, se la topó, afirmada en la puerta de la Escuela.

- "Oiga, hace rato que la estoy esperando", fue lo primero que dijo.
- "¿Para qué?" preguntó Lucía. La respuesta de Carolina la desconcertó:
- "Pues, para que me mande a dejar". Ofendida, Lucía le dijo que le pidiera eso a Michea. Carolina sonrío.
- "No creo que esa sea posible. De hecho, me acaba de preguntar por quién voté, y yo le dije que por usted".

No había nada más que hablar: alumna y maestra se fundieron en un abrazo y se quedaron hasta tarde conversando de lo humano y de lo divino al calor de un café que duró horas.

Durante el Gobierno de la Unidad Popular, Carolina se desempeñó como asistente social en la Junta Nacional de Jardines Infantiles, JUNJI, a cargo del Programa para Poblaciones Marginales de la institución, en el sector de Barrancas. También fue jefa del Programa de Capacitación para Mujeres Proletarias, actividades en las que se mantuvo hasta el 11 de septiembre de 1973.

A esas alturas, ya se había incorporado plenamente a las filas del PS, en un delicado y reservado ámbito del trabajo del Frente Interno: A través de los antiguos alumnos de medicina que conoció durante su práctica profesional, la joven asistente social se vinculó al P5, el Dispositivo de Inteligencia que operaba bajo la tutela de la Comisión de Defensa del Frente Interno. Una militancia sui generis y de máxima discreción de la que ni siquiera se llegó a enterar su familia. En esa tarea, militó en el mismo equipo que comandaba "Máximo", el alegre alumno de medicina que ella conoció antes como Ricardo Pincheira.

El 11 de septiembre Carolina estuvo temprano en el Hospital Barros Luco, cumpliendo con la tarea que le había sido asignada. El antiguo recinto asistencial atendía a una amplia población de escasos recursos, principalmente de San Miguel, pero ese martes, además, en sus pabellones y patios había militantes que cumplían un rol de apoyo y retaguardia de los combatientes que encabezaban la resistencia en el sector de La Legua y de las industrias colindantes, apenas a unas cuadras de allí. Nerviosa y corriendo por los pasillos del viejo hospital, Carolina esperaba la llegada de sus compañeros, al tiempo que con desazón comprobaba que entre los trabajadores del Barros Luco cundía el temor y que muy pocos de ellos se manifestaban dispuestos al combate. En su interior, no los culpaba, ya se sabía que el enfrentamiento era absolutamente desigual y las radios que aún no habían sido silenciadas informaban sobre el total copamiento de Santiago por parte de los golpistas.

Pronto llegó un vehículo acompañando a Oscar Landarretche, que venía con algo de armamento que acababan de retirar desde la residencia presidencial de Tomás Moro. Desconectados momentáneamente del grupo que combatía en La Legua y sin encontrar apoyo entre los funcionarios del hospital, "Eusebio" -jefe directo de Carolina en el P5- evaluó rápidamente la situación y ordenó el repliegue del grupo a una casa de seguridad. Carolina protestó enérgicamente, en su opinión había que combatir, con o sin el apoyo de los trabajadores. El sueño de un Chile socialista se desmoronaba y Carolina, desesperada, no podía entender la orden de su compañero. Ya en el vehículo –que enrumbó a toda velocidad hacia Macul- Carolina, con los ojos llorosos y en silencio, pudo ver a cientos de obreros y trabajadores que asustados regresaban a pié a sus hogares.

Luego del golpe, vino la dura subsistencia después de la razzia que barrió con todos los funcionarios de la administración pública sospechosos de ser partidarios de la Unidad Popular. Tras su exoneración de la JUNJI, la situación económica se le tornó cuesta arriba, lo que la obligó a inventarse distintas alternativas de autoempleo: desde la venta de huevos y ropa interior, hasta la confección de tejidos y bordados hechos a mano. En una carta fechada en marzo de 1975, dirigida a una de sus hermanas, Carolina reconoce su estado de ánimo y la importancia de su hija y de un sobrino en esos días aciagos:

"Estoy realmente cansada, de todo, del alma, del cuerpo. A veces, el cuerpo me pesa tanto que no quisiera darle orden de que ande. Pero el niño y la Paulita me han ayudado enormemente. Por un lado me distraen, hacen que les dedique tiempo, claro que con este cansancio eterno que llevo, con el cansancio de un siglo que me han hecho llevar. De plata, casi nada, pero siempre arreglándomelas: estoy de secre en una consulta, pero el alza de las cosas es tan grande que de los pichintunes de uno y otro lado nos alcanza ya casi apenas. Pero tú sabes que tu hermana tozuda y porfiada siempre va a salir adelante. Y el sol lo tengo, ahora se me alejó un poquito, pero aún tengo su calor".

La consulta a la que aludía en su carta era la que la doctora Gilda Gnecco había instalado en el departamento de unas psicólogas amigas en avenida Providencia con Antonio Varas. Después de un año de cesantía, Gilda instaló un centro de pediatría en donde Carolina oficiaba de secretaria. Durante un buen tiempo se atendió de modo casi exclusivo a hijos de los presos políticos y víctimas de la represión, cuyos padres muchas veces no tenían forma de pagar. Aún así, Gilda, que sabía que Carolina estaba colaborando en la resistencia, decidió repartir los ingresos en tres partes iguales: una para ella, otra para Carolina y la última para los requerimientos de quienes combatían desde las sombras.

Carolina colaboraba desde noviembre de 1973 en la reorganización del PS, bajo las órdenes de Carlos Lorca y Ariel Mancilla. Una de sus más importantes tareas, precisamente, se la encomendó Mancilla, que oficiaba como responsable de la Unidad de Logística del Comité Central. Su misión fue conseguir una casa en donde instalar una lavandería, que al tiempo que generaba algunos recursos, serviría como lugar de reuniones para los dirigentes de la Comisión Política en la clandestinidad. Carolina consiguió que una asistente social amiga –autoexiliada en Mendoza y que también había trabajado en el Centro Ismael Valdés- le prestara la suya. Esa casa estaba en Gutemberg Nº 78, a los pies del Cerro San Cristóbal, y tenía una gran ventaja: aparte de su acceso principal, se podía llegar por una discreta puerta trasera que daba al cerro. Precisamente por allí solían aparecer Exequiel Ponce y otros dirigentes para sus reuniones o contactos.

Gilda Gnecco recuerda que, en una ocasión, Carolina le pidió atender a un compañero enfermo, como ya lo había hecho en más de una oportunidad. En el departamento de la joven asistente social, Gilda reconoció al paciente, que tenía semi-infectadas unas heridas en sus piernas y una delgadez que la impresionó: Era "Sebastián" (Carlos Lorca), a quien conoció meses antes cuando su hermano, Italo Gnecco –detenido, torturado y luego liberado desde la prisión de lsla Teja en Valdivia–, le informó a Lorca y a Carolina sobre la situación de otros compañeros aún detenidos y la identidad de quienes los habían delatado.

El 20 de junio de 1975, Francisco Mouat (alias "Arturo") fue convocado a una cita urgente con Exequiel Ponce. La reunión se hizo en "la casa de las palmeras", una residencia en la calle Wenceslao Sánchez, en las inmediaciones de la ex Universidad Técnica del Estado. A la hora convenida, Mouat conversó brevemente con Ponce, quien le planteó que a partir de ese momento empezaría un fuerte apriete represivo en contra de los equipos que trabajaban en la rearticulación del PS. Ponce le informó que el sábado anterior había sido detenido uno de los militantes que oficiaba de enlace entre él y Ricardo Lagos Salinas, y que en un chequeo posterior hecho a la casa de Lagos en Las Rejas, esta aparecía con evidentes señas de haber sido allanada.

La situación se tornaba dramática y era necesario extremar las medidas de seguridad. Días después de ese inquietante encuentro con Ponce, Carolina Wiff llamó a "Arturo" para pedirle que le consiguiera los vinilos con los himnos del Partido y de la Juventud. Al parecer, Carolina estaba montando un mensaje de la Dirección del Partido en el interior que se enviaría fuera del país. Mouat se comprometió a responderle dos días más tarde. El 25 de junio, la llamó a su departamento y la mujer que trabajaba en casa de Carolina le comentó que ella no estaba. La llamó más tarde a la consulta médica, pero allí tampoco se encontraba. Intrigado, Francisco se acercó a chequear el departamento donde vivía Carolina, en Rodrigo de Araya con Macul. No le costó demasiado advertir el operativo que la DINA montaba en los accesos al edificio. Para confirmarlo, se alejó un par de cuadras y llamó desde un teléfono público. Una voz masculina respondió al otro lado del auricular. Mouat dio otro nombre, y dijo que era un cliente que debía recoger una ropa. El agente de la DINA, con una poco convincente amabilidad, le dijo que pasara a recoger su ropa sin problemas. La ratonera se había activado.

Confirmada la ratonera, Mouat se dirigió hasta el edificio de Providencia con Antonio Varas, en donde trabajaba Carolina. El acceso al edificio estaba "cubierto" por una pareja de pololos apoyados en una moto, a todas luces efectivos de la DINA. Armándose de valor, subió un par de pisos y enrumbó al pasillo en donde estaba la consulta médica. En el descanso de la escala y justo en la puerta de la consulta había dos hombres apostados de punto fijo. "Arturo" simuló buscar otro departamento, se devolvió sobre sus pasos y se echó a correr escalera abajo. En fracción de segundos, los hombres que cubrían el pasillo dieron la voz de alerta, gritándole al agente de la moto que le cortara el paso al que huía.

Días más tarde, Mouat logró retomar el contacto con "Gino" (nombre político de Luis Cuvertino, actual alcalde de Lanco) otro de los colaboradores de la Dirección Interior. Este le comentó, apesadumbrado, que hacía apenas unos días, Radio Moscú había dado la noticia de la captura de varios dirigentes y ayudistas del Comité Central del Partido Socialista en la clandestinidad, entre ellos, la asistente social Carolina Wiff.

Apenas unos días antes de su detención, Carolina llegó como otras veces hasta la casa de Gilda Gnecco y le dijo, "gringa, te traje un regalo". Sorprendida, la joven doctora recibió una caja de madera de cedro del Líbano y una pequeña muñequita húngara sentada en un diminuto columpio. Ese día no era ni su cumpleaños ni su santo. Intrigada, preguntó a su amiga la razón de ese obsequio. La respuesta de Carolina la desconcertó: "solo quería que tuvieras algo mío, algo personal, un lindo y sencillo recuerdo de esta loca que te quiere". Con el tiempo, Gilda repasó una y mil veces ese momento y hasta hoy se lamenta por no haberle preguntado qué era exactamente lo que pasaba. "La gringa" recuerda que por esos días varios miembros del Comité Central del PS habían sido detenidos y que tal vez su amiga intuía que ya se acercaban a ella.

Efectivamente, Carolina fue detenida el 25 de junio de 1975, mientras acompañaba a Lorca a una reunión en una casa de seguridad en Maule Nº 130. Al momento de su secuestro, tenía 34 años de edad. Por su vida se presentaron múltiples recursos de amparo provenientes del extranjero. Uno de ellos fue patrocinado por personalidades francesas, como el Cardenal Primado de Francia y el entonces senador Francois Mitterrand. La dictadura siempre negó que la joven asistente social estuviera detenida, y a través de sus voceros de turno esgrimió –como en tantos otros casos- que "los subversivos suelen abandonar el país de manera clandestina y con identidades falsas. Quizás sea el caso de la referida Modesta Carolina Wiff".

Gilda Gnecco recuerda que "nos conversábamos todo y aún yo le sigo conversando, aunque no me pueda responder. Le converso a su retrato en mi sala de estar; a veces la reto por haberme dejado sola, por no terminar conversaciones pendientes. Le converso siempre cada vez que hay elecciones, en que voto siempre en voz alta y en su nombre. Nos habíamos prometido caminar, correr, gritar y emborracharnos juntas cuando cayera la dictadura. Ese 5 de octubre de 1988, luego del triunfo del NO, en medio de las anchas alamedas por donde ella soñó que más temprano que tarde pasaría el hombre libre caminando, fui yo quien lo hizo en su nombre, en medio de la muchedumbre jubilosa. Sola, caminé junto a miles y lloré su ausencia y grité su nombre".

Según "La gringa", Carolina "no dudó en arriesgar su vida por sus ideales, por construir un país libre y solidario, en el que su hija, mis hijos y los hijos de mucha gente pudiesen vivir y cumplir sus sueños. Sueños de justicia social, de solidaridad, de paz y de muchas otras cosas que se encarnaban en ella".

Carolina Wiff continúa desaparecida. Gilda Gnecco, en las elecciones municipales del 26 de octubre, una vez más votó en su nombre.

 

DESPEDIDA A CARLOS LIBERONA

Palabras de Andrés Pascal en funerales de Carlos

 

Querida Ula e hijos de Carlos:

 

Queridas compañeras y compañeros:

 

Miguel Enriquez provocó no poco escándalo entre los dogmáticos cuando, en la década del 60, dijo que en Chile los pobres del campo y la ciudad tendrían papel protagónico en las gestas revolucionarias.

 

Carlos Liberona, nuestro querido Claudio, es la expresión hecha vida de esa profecía.

 

De familia mapuche y campesina, se crió en un barrio muy pobre de la ciudad de Chillán. Quien sabe, ya con infantil intuición del camino que le deparaba la historia, se forjó en la dureza como joven dirigente de los estudiantes secundarios de su ciudad. Luego, se abrió camino hacia la Universidad, lo que en esos tiempos en que la educación superior era sólo para una elite, fue no poca proeza para un muchacho hijo de la exclusión social.

 

Decía, con su característica sonrisa socarrona de campesino, e íntimo orgullo: … pero fue en el MIR donde yo me formé. En realidad, esa modestia que lo acompañó toda la vida le impedía decir la verdad. Efectivamente fue formado, fue hijo del MIR, pero también fue constructor del MIR, así como fue padre de sí mismo, constructor voluntario y conciente de su propia vida de revolucionario.

 

Empujado por ese tranquilo, pero poderoso fuego interno que lo acompañó toda la vida en el amor y en la lucha, fue joven agitador de las esperanzas de los suyos, de sus pobres del campo y la ciudad. Fue organizador revolucionario de la ampliación de la democracia desde abajo, y cuando con sangre y saña la dictadura uniformada de los ricos cercenó de raíz el germinal poder popular, no dudó en seguir resistiendo desde la clandestinidad. Dentro de estos mismos muros, testigos etéreos y mudos de los límites extremos de brutalidad humana que ha llevado la historia de la codicia y del poder capitalista en nuestra patria, siguió resistiendo la tortura de su cuerpo y mente.

 

Claudio conoció el miedo y el dolor, pero su profundo amor por los suyos, su pasión de justicia, lo llevó a vencerlo. Tampoco se dejó vencer, ni en su obligado exilio, ni cuando retornó a la patria cambiada, el mundo neoliberal y egoísta en que vivimos. Así como era él, quitado de bulla, perseverante, con sus heridas a cuesta, siguió dedicando su vida a las responsabilidades humanas.

 

En los periodos de conmoción social, en las coyunturas que abren oportunidades de cambios históricos subversivos, debemos enfrentar apasionados y sorprendentes retos. Pero los tiempos más duros, donde verdaderamente se demuestra el temple del revolucionario es en aquellos largos periodos en que la fortaleza de la dominación empuja el pensamiento y la acción libertaria a los márgenes de la historia e invisibiliza las posibilidades de un futuro mejor. En esta travesía del desierto, Carlos Liberona, mantuvo siempre encendida la llama generosa de su práctica solidaria y trabajó incansablemente para que no se perdiera la memoria histórica de su pueblo.

 

Para ello, junto a sus compañeros y amigos, creó la Corporación Ayún, que yo calificaría como su obra madura. Obra colectiva extraordinaria, y obra que expresa la luz del pensar genuino de Carlos que descartando de plano el ritualismo político, la conservación insensata de dogmas, volcó toda su energía a explorar la actual realidad local, a comprender las nuevas dinámicas revolucionarias que remecen hoy la historia de América Latina, a desentrañar las nuevas éticas de un cambio civilizatorio. Y así, ese joven y esforzado hijo de campesinos, sin abandonar nunca su modesto andar y la mirada cariñosa que presidía su hablar, llegó a ser un maestro, un verdadero maestro revolucionario de nuevas generaciones.

 

Hoy en la mañana, una joven militante popular, con lágrimas en su mirada, me dijo: mi dolor no es porque se vaya, eso lo sabíamos y esperábamos él y nosotros, es por el vacío que deja. Si … y no. Creo que en el malestar, en el ánimo transversal de protesta social, política y cultural que se extiende por nuestro país,  florecerá con fuerza y se reproducirá exponencialmente y con vívidos colores la mística sabia y humana de Carlos Liberona.

 

Claudio seguirá con nosotros en el afecto y reconocimiento de sus compañeros miristas, pero sobre todo, seguirá viva su llama iluminando nuevas generaciones de pobres del campo y la ciudad en los tiempos de cambio que también se avecinan en nuestra patria.

 

No vemos, querido amigo.

 

Andrés Pascal Allende