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Máximo Kinast Avilés

NOS CONOCIMOS EL VERANO DE 1957

Una primicia para este blog

Se autoriza la reproducción citando al autor y la fuente:

 

NOS CONOCIMOS EL VERANO DE 1957

Germán F. Westphal

 

Ambos de vacaciones en el campito de unos amigos que nuestros respectivos padres tenían en común, aunque entre ellos no se conocían y nunca se conocieron. En la época se viajaba en tren. Las distancias eran grandes.

 

El primer día, nos saludamos de mano y con una sonrisa. La empatía fue inmediata. Eramos los únicos adolescentes en la casa patronal. Al día siguiente nos estábamos besando. A escondidas, por supuesto.

 

Era verano y hacía calor. En la atmósfera y en el cuerpo. Los besos pasaron a más besos. Y las caricias, a más caricias. Nos buscábamos a escondidas y así, buscándonos al tercer día, nos encontramos en el galpón.

 

Nos besamos y acariciamos, con el corazón palpitante.

 

Temerosos de ser sorprendidos, nos fuimos a pasear al estero. Tomados de la mano y sonriendo, mientras tararéabamos alguna canción tonta.

 

El agua del estero nos arrullaba cantarina mientras nos besábamos, aplastando cuerpo contra cuerpo, de pie bajo el sauce llorón que con su ramaje nos escondía. Las manos temblorosas nos recorrían la piel, acariciándola, a la vez que sonreíamos.

 

Eramos todo sonrisas, besos y caricias.

 

Volvimos a casa para almorzar.

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Muy compuestitos.

 Y qué hicieron esta mañana? Fuimos a ver los caballos al establo, las máquinas, las carretas de rueda chancha, los arados viejos de madera, el galpón y el estero. Por ahí! Anduvimos paseando. Y qué van a hacer en la tarde? No sabemos. Hace mucho calor. Deberían dormir una siesta, como nosotros. En la tardecita, cuando refresque, vamos a ir a Los Alamos a tomar helado. Iremos todos. Les parece? Por supuesto! Sabes? No vimos los conejos! Tenemos que ver los conejos! Bueno, nosotros a nuestra siesta! Se desaparecieron y nos desaparecimos.

 

En dirección a los conejos, una vez detrás del galpón, entramos por una puertecita trasera, no sin antes verificar que no nos observaba nadie. Ya nos habíamos complotado tácitamente para estar solos.

 

Eramos todo sonrisas, besos y caricias.

 

Subimos al altillo del galpón.

 

Las caricias se hicieron más profundas tendidos sobre la paja mullida detrás de unos fardos que nos ocultaban de la puerta trasera y los portones entreabiertos. Escuchamos la voz del campero y de los dos peones que trabajaban con él. Buscaban unos azadones, rastrillos y palas. Nos quedamos quietos por una eternidad, con los corazones golpeando fuerte y agitadamente al interior de los pechos.

 

En cuanto se fueron, volvimos a nuestros besos y caricias.

 

Ya no vendría nadie.

 

Más besos y más caricias. Sonreíamos. Más besos... Uno tras otro. La blusita entreabierta terminó por abrirse totalmente y los senitos se mostraron firmes y redondos con los pezoncitos duros y erectos que de inmediato fueron cubiertos a caricias y besos.

 

A estas alturas, la faldita se había subido a la cintura y una mano llenaba el entrepiernas húmedo del calzón.

 

Así, entre tanta caricia y besos ardientes, de repente un contoneo y un murmullo --Ay, que lo quiero hacer!-- seguido de un leve gemido con los ojos entornados y los labios húmedos y entreabiertos buscando más besos, con cada mano haciendo lo suyo --apretando una y otra vez el contenido firme y pulsante del marrueco y frotando el entrepiernas del calzón contra la ranurita que se había entreabierto al hacerse más grandes sus labios con la exitación de las caricias de la mano que al desplazar el entrepiernas del calzón hacia un lado, sorpresivamente, descubrió una pequeña protuberancia en la parte superior. Estaba firme y durita. Tersa, como los pezones. Frótame ahí! Suavecito! Eso! Así, suavecito! Pero no empujes el dedo hacia adentro! Yo te voy a enseñar! Mira... Aquí! Así! Suavecito! En redondito! Así! Así! Suavecito! Y ahora de arriba hacia abajo con el dedito. Así! Así! Qué rico! Ay, que rico! Mientras las caderitas se desplazaban en círculos, de arriba hacia abajo, una y otra vez.

 

Nunca nadie me había hecho esto. Me lo hacía yo solita. Ahora te tengo a tí! Y tú? Cómo lo haces? Así... Huy! Así? Sí, así! Aprieta un poquito. Así? Sí. Te gusta así? Si! Está calentito, firme y durito. No pares. Sigue. Sigue. Y tú, bésame! Te gusta así? Sí! Pero hazme tú también! Como te mostré. En redondito. Hacia adelante y hacia atras, pero cuidado con el dedito. Eso! Y tú, hacia arriba y hacia abajo. Rapidíto! Te gusta? Sí! Me estás volviendo loca! Y tú a mí! Estamos ambos locos! No importa! Hazme más! Hazme más! Bésame! Bésame! Bésame los senos! Eso! Así! Chúpame los pezones. Eso! Así, suavecito! Pero no pares ahí abajo! Tú tampoco! Sabes? Me gustaría besártelo, pero tal vez no. Estoy bien así. Yo también! Me gusta lo que estamos haciendo! Ojalá que no venga nadie! Están durmiendo siesta o trabajando. Cierto. Te quiero! Y yo a tí! Y de repente, otro Ay, que lo quiero hacer!

 

Ay, que lo quiero hacer! Ahora! Ya! De una vez! Hagámoslo! Es que no te atreves? No sé. Y tú, te atreves? Sólo sé que lo quiero hacer! No preguntes! Lo necesito! Todo! Entero! Ahora! Dolerá mucho? No sé! Nunca lo he hecho. Yo tampoco. Entoces, no sabes? Bésame más! Acaríciame más! Chúpame los pezones? Qué rico! Frótame más! Y tú! Ay, que lo quiero hacer! Ay, que lo quiero hacer! No dejes de besarme! Tú tampoco! No dejes de frotarme! Tú tampoco!

 

Y nos transformamos en un torbellino de besos y caricias que terminaron sacándonos la ropa y sandalias que llevábamos. Eramos dos cuerpos enloquecidos que sólo querían y buscaban transformarse en uno.

 

Más besos y más caricias!

 

Ay, que lo quiero hacer!

 

Y lo hicimos.

 

Con un leve quejido y un cerrar intenso de ojos cuando empujando las caderas hacia arriba y las otras hacia abajo y hacia adelante, consumamos nuestra unión, con las manos firmes por debajo de los hombros y las otras, también firmes, atrayendo la parte superior de los muslos entre los muslos hasta que la penetración fue completa.

 

Lo habíamos logrado!

 

Cuando abrimos los ojos, nos miramos a la profundidad de las pupilas y sonreimos. Dolió mucho? Duele mucho? Un poquito... Ya no duele. Un poquito de escozor pero ahora se siente rico. Tibiecito. Calentito. Y ahora eres mío! Y tú mía. Por cuánto tiempo? No sé! Y simulteaneamente hicimos nuestro abrazo más intenso de modo que podíamos sentir y escuchar el corazón del uno latiendo fuertemente contra el pecho del otro. Cierto. No sabemos. Y ahora qué? Bésame!

 

Y volvimos a nuestros besos y caricias a la vez que nuestros cuerpos se movían rítmicamente como si fueran uno, complementándose, en sucesivas oleadas que se hicieron progresivamente más aceleradas, hasta que casi exhaustos y sudorosos por el esfuerzo, una serie de espasmos electrificantes se transmitieron de cuerpo a cuerpo, sobreviniéndonos en cada cuerpo un éxtasis paralizante que nos inundó de placer de pies a cabeza.

 

Habíamos hecho el amor por primera vez cada uno y también logrado nuestro primer orgasmo en pareja.

 

Nos secamos y limpiamos con nuestra ropa interior, la que tuvimos que hacer desaparecer por las manchitas de sangre con que quedaron.

 

Al caer la tarde, fuimos a Los Alamos a tomar helado con los dueños de casa.

 

Y qué hicieron después de almuerzo? Fuimos a ver los conejos. Toda la tarde? No, volvimos al esterito y después fuimos a la laguna. Nos entretuvimos haciendo patitos con algunas piedras en el agua... Si, patitos, tagüitas, cómo no! Y los conejitos también! Hay que hacerles programa a estos chiquillos porque si no, se van a aburrir o quizás en qué lio se meten! Están demasiado grandes para juegos de niños y demasiao chicos para juegos de grandes. Nos ruborizamos. Ya! No los molestes, hombre! Mañana podrían ir a pasear a caballo y ver la trilla...

 

Cuando bajamos al desayuno en pijamas tal cual hacían los dueños de casa, nos avisaron que en una hora estarían los caballos listos, que tomáramos desayuno rapidito para que nos ducháramos y saliéramos fresquitos... Tú primero! No, tú! Bueno!

 

Nos mostraron en qué dirección ir y partimos. En las alforjas llevábamos nuestro cocaví y una botella de aloja cada uno. Pasaríamos el día en la trilla y por ahí.

 

Me duché con agua calentita y me siento fresquita! A mí me tocó el agua apenas tibia, casi fría. Nos reimos y galopamos un poco para volver al tranco lento hasta que vimos un bosquecillo lleno de matorrales y volvimos a galopar. Nos internamos por entre los matorrales. No había huellas que seguir. Algunas vacas mujían al otro lado del bosquecillo. Llegamos a un clarito del bosque en que cabían sólo los caballos, los amarramos a un árbol y nos internamos algunos pasos más hasta que encontramos un espacio para nosotros.

 

Nos besamos tumbados en el pasto alto, fresco y oloroso. Y mirándonos a los ojos y sonriendo, las cuatro manos descendieron para soltar cinturones y pantalones mientras continuábamos besándonos e intercambiando saliva con la lengua. Los besos se desplazaron de la boca al cuello y desabrochando la blusa, a los senos y pezones, mientras las manos hacían lo suyo como el día anterior. Esta vez jadéabamos ambos sin inhibiciones. Estábamos lejos del mundo. En un momento, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, ya con los pies fuera de los zapatos y los pantalones y ropa interior fuera de los tobillos giramos nuestros cuerpos y nos besamos tímidamente donde habían estado nuestras manos.

 

Te importa? No, no me importa! Y a tí? Tampoco. Te gusta? Sí, me gusta mucho. Y a tí? Me gusta mucho también. Es rico? Sí, muy rico! Me da gustito. A mí también. Se me contrae todo por ahi abajo! Bésame! Bésame más! En la parte durita que te mostré ayer. Eso! Ahí mismo! Ay, qué rico! Chupa un poquito! Eso! Ahí mismo, donde está durito! Y tú... Trata con la lengüita... Un poquito... Alrededor de la cabecita... Con la punta de la lengüita... Alrededor de la cabecita! En el borde de la cabecita! Eso! Ay, que rico! Y mueve la manito de arriba hacia abajo. Otra vez! Eso! Rapidito! Otra vez! Otra vez! Eso! Así! Así! Y tú suavecito! Eso! Con la lengüita en redondito, como ayer con el dedito! La lengüita es más calentita! Métela un poquito hacia adentro que ahora entra. Ahora muévela de arriba hacia abajo! Ay, que rico! Ay, que rico! Me gusta! Me gusta! Me gusta mucho! El gustito me entra por todas partes! Y a mí también! Ya no puedo más! Ven! Ven a mí Y tú a mí! Y volvimos a girar nuestros cuerpos para besarnos boca a boca uniéndonos en una penetración certera, rápida y profunda.

 

Permanecimos en silencio por algunos instantes, escuchando si venía alguien. Sólo se oía la algarabía de una bandada de choroyes que había llegado a posarse en algunas ramas exteriores del bosque, nuestros caballos a algunos pasos y el mujir de las vacas que ahora se escuchaba distante.

 

Me gusta cuando lo haces latir dentro de mí. Y a mí cuando contraes... Así? Sí, así! Y a tí, así? Sí, asi! Tal cual!

 

Sonreimos.

 

Estábamos aprendiendo juntos, perfectamente sincronizados. Estábamos contentos porque ésta era sólo nuestra segunda vez y sentíamos que habíamos sido siempre el uno del otro. Volvimos a besarnos y a mover nuestros cuerpos con la penetración desplazándose de adentro hacia afuera y hacia adentro hasta que esta vez casi gritando volvimos a realizarnos en el éxtasis espasmódico y convulosionado del placer.

 

Sabes? Vamos a tener que tener cuidado con las eyaculacioes... Quieres que lo saque cuando esté por acabar? No, no me gustaría. Crees que podrías conseguir algunos preservativos? En el baño hay una caja llena y están todos desparramados. No creo que se den cuenta si tomamos algunos. Esta noche lo hacemos.

 

Nos vestimos rápidamente, salimos del bosque llevando nuestros caballos de las riendas, montamos y partimos al galope a la trilla.

 

Se atrasaron mucho! Sí, es que nos dio hambre y se nos ocurrió comer algo del cocaví y refrescarnos con algo de aloja a la sombra del bosquecillo. También nos entretuvimos mirando una bandada de choroyes que había en los árboles. Pero si los choroyes pasaron por aquí hace sólo unos 40 minutos... Sería otra bandada. Sí, sería otra...

 

La trilla nos resultó aburrida. Queríamos estar solos, de modo que después de un rato, nos despedimos y fuimos a ver las vegas de unos pequeños valles a alguna distancia.

Desde la altura del camino que bordeaba los cerros, los huertos se veían frescos y hermosos. También un pequeño manzanal con sus árboles cargados.

Bajamos y desmontamos para recoger un par de manzanas a las que dimos un gran mordisco y que compartimos sosteniéndolas frente a la boca del otro mientras girábamos riendo en una ronda de dos: Que te la doy! Que te la quito! Que la quiero! Que la quiero como te quiero! Dámela! Dámela! No me la quites que la quiero! Es mía! Es mía! Nunca me la quites! Es mía! Es mía, como tú! Dámela! Dámela! No me la quites! Nunca me la quites! Es mía! Es mía! No me la quites! Es mía, como tú!

Al caer la tarde, regresamos a casa con el sol poniente iluminando nuestras miradas y sonrisas.

 

Cenamos con los dueños de casa que nos convidaron vino, les contamos lo que habíamos hecho durante el día, excepto --por supuesto-- lo que más nos importaba. Había luna llena y la noche estaba clara. Paseamos con ellos por el jardín por un rato, hasta que todos nos fuimos a acostar.

 

Ya en medio de la noche, sin saber que hacíamos lo mismo, nos encontramos en pijamas en medio del pasillo, yendo en puntillas hacia el dormitorio del otro. Felizmente el piso no crujía. Estábamos exactamente frente a la puerta de la pieza de los dueños de casa, nos llevamos el dedo índice a los labios indicando silencio y sonriendo nos mostramos los condones que cada uno había tomado de la caja del baño... Ocho en total! Abrimos los ojos en expresión de sorpresa y espanto porque los dueños de casa se iban a enterar! Eran muchos! Se iban a dar cuenta, pero ya no había nada que hacer! No esa noche! Y regresamos intranquilos a nuestros respectivos dormitorios! Nos costó conciliar el sueño y a la mañana siguiente nos quedamos dormidos, hasta que la criada subió a despertarnos. Eran las 10 de la mañana.

 

Los patrones fueron hoy temprano a Lebu para unas diligencias. Vuelven mañana o pasado. Dijeron que aprovechen el campo si es que no llueve y que pidan lo que quieran. A lo mejor va a llover y tal vez mañana. También les dejaron esos paquetitos que están en sus puestos en la mesa. De regalo --dijeron y se rieron! Será una broma! La mesa está servida. Qué van a querer? Té o café? Con o sin leche? Té con leche. Café con leche. Y bajamos intrigados al comedor a ver nuestros regalos.

 

Al principio nos quedamos impávidos, paralizados. Eran varios preservativos Cadet para cada uno. Nos habían descubierto! Pero también habían comprendido.

 

No salimos. El día estaba nublado. Felizmente no llovió porque habría sido fatal para la trilla. Pasamos el resto de la mañana en casa mirando revistas y leyendo algo. Después de almuerzo nos fuimos al galpón. A leer unos libros en el altillo, le dijimos a la criada... Se está tranquilito allí! Nos gusta el olor de la paja y la brea. La criada movió la cabeza, sonriendo. Hoy van a tener onces-comida que les voy a dejar servida pues como no están los patrones, voy a aprovechar de pasar más tiempo con los míos. Si necesitan algo, me van a buscar. Uds. saben donde vivo.

 

Desde el altillo del galpón esperamos impacientes --mirando por entre las rendijas que permitían la circulación del aire-- que se fuera la criada... En cuanto se fue, regresamos corriendo a la casa a hacer uso de nuestros regalos, pero ahora en una de nuestras camas, como los dioses mandan. Esa noche dormimos juntos por primera vez.

 

Lo mismo la noche siguiente. Y así todas las noches hasta que al quinto día regresaron los dueños de casa.

 

Nunca hicieron mención de nada. Excepto que una noche en que uno le leía al otro en voz alta un cuento de cuatreros y asaltantes de la Cordillera de Nahuelbuta --El Pelao Cabrera--, ella dijo, sonriendo, que si preferíamos dormir en la misma pieza para que nos pudiéramos leer en voz alta antes de dormirnos, podíamos trasladar una de las camas. Oh, no! Respondimos casi al unísono! Eso sería mal visto! Pero nos sentimos tácitamente autorizados a gatear de una pieza a otra cada noche, hasta que se acabaron los preservativos... Y las vacaciones.

 

Los dueños de casa nos fueron a despedir a la estación de Los Alamos para que tomáramos el tren que nos llevaría a la línea férrea troncal, donde nos separaríamos, uno hacia el norte y el otro hacia el sur.

 

El tren bordeó la Cordillera de Nahuelbuta con sus cerros escarpados y sus grandes robles, lingues, boldos, coigües, mañíos, raulís y maquis. Algunos arbustos de murtilla y los copihues que florecen entre canelos y avellanos. También el Lanalhue. Por ahí, en alguna parte cerca de Cañete, debían haber combatido en 1553 los 14 de la fama, de los cuales los 7 sobrevivientes llegaron malheridos, cojos y tuertos a refugiarse en Purén.

 

El tren iba lento, pero para nosotros todas las horas eran sólo instantes, sentados frente a frente con las manos entrelazadas, contemplando ensimismados nuestros rostros serios y sonrisas tristes, como si estuviéramos anclados al fondo de las pupilas del otro.

 

Entre Iquique y Valdivia había dos mil setecientos kilómetros! Otros paisajes. Otros destinos.

 

Aunque ni siquiera habíamos intercambiado direcciones, en Los Sauces nos juramos amor eterno, el que como todos los amores eternos --según aprenderíamos más tarde-- se desvaneció en el tiempo y la distancia.

 

Eran dos mil setecientos kilómetros de tiempo y distancia!

 

Sabíamos que no nos volveríamos a ver.

 

Al separarnos con un último beso, los ojos llorosos y una sonrisa triste, mientras sin volver la cabeza corríamos hacia los trenes que a cada lado de la plataforma de la estación nos llevarían en direcciones opuestas, sentimos clavarse en nuestros pechos, por primera vez, la filuda daga del vacío infinito con que nos agobian las penas del amor. El pitazo de los trenes que partían terminó por clavarla a fondo, mientras desde la plataforma del último carro agitábamos brazo y mano en señal de despedida, con los rostros bañados en lágrimas. Hasta que nos perdimos en el horizonte.

 

Teníamos 15 y 16 años respectivamente.

 

Te casaste?

 

Sí...

 

Yo también...

 

Quién era mayor?

 

Tú!

 

No, tú!

 

Tú me enseñaste!

 

No, tú!

 

Y volvimos a sonreir, tal como cuando nos conocimos el verano de 1957.

 

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