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Energía nuclear: la realidad sobrepasa la fisión…

Escribe Luis Casado – 16/03/2011

 

Privilegio que tenemos algunos: ser ciudadanos de Francia, el país más nuclearizado del mundo, y al mismo tiempo de Chile, país que irradia tanto optimismo que se imagina devenir potencia nuclear a corto plazo. Francia produce 80% de su energía eléctrica gracias a 19 centrales nucleares que poseen un total de 58 reactores. Cada francés se encuentra a menos de 500 km de una central nuclear, distancia que aconseja tener en el botiquín familiar una caja de pastillas de iodo. Desde luego no es el caso y, como ha quedado en evidencia a lo largo de los años, ni siquiera los vecinos inmediatos de las instalaciones nucleares saben qué hacer en caso de peligro. A pesar de ello, Francia es considerada como un ejemplo de seguridad en la materia. Un reciente informe confidencial pedido por Sarkozy señala: “La cuestión del riesgo nuclear aceptable (…) es un debate de sociedad para el cual la o las respuestas son de orden político”. En otras palabras, un debate en el que debe participar ampliamente la ciudadanía. Afirmación algo tardía: los franceses nunca fueron consultados con relación a la  energía nuclear y los riesgos que conlleva.

 

Como no se ha consultado a nadie en los países que quisieran comprar una central atómica. La Oficina Parlamentaria de Evaluación de las Decisiones Científicas y Tecnológicas (OPECST) dice: “La energía nuclear es una tecnología demasiado sofisticada para ser objeto de un proselitismo universal: solo los países capaces de efectuar una inversión material y humana considerable están en situación de dominar suficientemente las condiciones de seguridad para poder utilizarla”. A los parlamentarios franceses les faltó agregar “Los países sin terremotos, sin maremotos, sin inundaciones, sin terroristas… y sin ministros chambones como los que se han ocupado de las catástrofes del Transantiago y de la EFE”. Con ese tipo de artistas, una central nuclear en Chile superaría con creces el jueguito de la ruleta rusa.

 

En mi niñez tuve la oportunidad de ver una película de humor protagonizada por Mickey Rooney: “El chico atómico”. Mickey Rooney merecía los dos adjetivos: era pequeñito, y estuvo casado ocho veces. En la ceremonia de los Golden Globes del año 1960, Ronald Reagan presentó a la pulposa Jane Mansfield cuya marquesina constituida de un poderoso par de tetas llegaba justo al nivel de la nariz de Mickey Rooney. Este venía a recibir un premio especial acordado a Cantinflas quién no pudo asistir al evento. Confrontado al profundo escote de la Mansfield, Rooney no pudo impedirse suspirar: “¿Quién quiere ser grande?” Si evoco a este humorista es porque en la copia feliz del edén se prepara el “remake” de “El chico atómico”, y Piñera y Golborne se disputan el honor del rol principal. Ninguno de los dos necesita las tetas de una sex symbol para sentirse enano. Hace un par de semanas Tomás Mosciatti dejó en evidencia que en materia de energía las decisiones son tomadas a espaldas de la ciudadanía, con una total ausencia de debate público, en violación de las disposiciones legales vigentes incluyendo el soborno de los altos funcionarios encargados de velar por el medio ambiente y presiones sobre las más altas autoridades del Estado.

 

¿Qué es lo que guía la premura por dotarse de una central nuclear en un país incapaz de administrar alguna red de transporte público, o la seguridad de la actividad minera?

 

Denis Flory, -que fue Director de Asuntos Internacionales del Instituto francés de Protección contra las Radiaciones y de la Seguridad Nuclear (IRSN) y luego Director General adjunto de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA)-, dice que una de las misiones más importantes de la Agencia consiste en asegurarse que los países que sueñan con una central nuclear disponen de todo lo necesario: conocimientos, experiencia, infraestructuras, cultura de la seguridad, técnicos e ingenieros especialistas, recursos financieros para la construcción y para el desmantelamiento de la central al cabo de 30 a 60 años, estabilidad institucional y política, y un sinfín de otras menudencias que no caen del cielo. Denis Flory estima que reunir las condiciones mínimas requiere un plazo no inferior a quince años.

 

Confrontados a una penuria energética la alternativa nuclear no constituye una solución que pudiese inaugurar el sucesor del sucesor de Piñera. Los chilenos debiesen saberlo antes de tomar cualquier decisión mayor al respecto. Como debiesen saber que existen alternativas que conviene evaluar cuidadosamente antes de sacrificar la seguridad de las futuras generaciones en el altar de la única motivación que conoce la trenza Alianza-Concertación: el afán de lucro.

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