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Máximo Kinast Avilés

NI CLINTON ES OBAMA, NI FRIEDMAN ES KRUGER

por gaitanjaramillogloria@yahoo.es

Desde la primaria nos han enseñado a "meter todo en un mismo saco", una especie de reduccionismo que nos impide diseccionar los hechos, lo cual no nos permite constatar que un organismo, cualquiera que éste sea, está conformado por la relación de órganos diferentes entre sí, que cumplen funciones y papeles diversos.

Quisiera que, con la llegada de Hilary Clinton a Colombia, comprendiéramos que Clinton no es Obama y que la política norteamericana es en la actualidad totalmente diferente a nivel nacional y a nivel internacional. 
 
Un inteligente amigo mío, muy bien informado, que vive en los Estados Unidos, me contaba cómo, antes de los comicios en que fue electo Obama, se hizo un acuerdo entre los Kennedy y Obama, de un lado y los Clinton del otro. Al parecer, era la única manera de unir fuerzas para lograr el triunfo de los demócratas.

El acuerdo consistió en que Obama y los Kennedy (que son más que el clan familiar) orientarían la política interior y los Clinton la política internacional de los Estados Unidos.
 
Si cotejamos los hechos, esta información se nos aparece con toda claridad. Obama ha tomado constantemente posiciones no sólo progresistas sino muy valerosas. Ha planteado la intervención al capitalismo financiero, proponiendo controles fuertes a su gestión, lo que ha levantado la ira de los bancos y, ni más ni menos, del intocable y poderoso Wall Street. Se enfrentó a las poderosas aseguradoras de salud y salió triunfante.

Ha rechazado la Ley de Arizona contra los inmigrantes y adelanta el estudio de un proyecto de Ley para protegerlos. Ha premiado y recibido en la Casa Blanca a los antes marginados (indios y, por su puesto, negros).

Desde antes de la catástrofe ambiental del Golfo de México, se venía oponiendo  a las perforaciones marinas por su efecto ambiental y ha tomado medidas serias para disminuir la contaminación del medio ambiente, enfrentándose a los industriales.

En tan poco tiempo de gobierno su perfil se ha mantenido claramente progresista en el marco de sus posibilidades. Obama le ha abierto las puertas al intervencionismo de Estado y a los controles a la actividad privada, ante la protesta de los republicanos y de los empresarios que, desde el gobierno de Reagan, alababan el fin del New Deal.
 
En cambio, la política exterior es francamente derechista y en toda reunión internacional los voceros norteamericanos muestran su talante reaccionario.

Por lo tanto, a pesar de que Obama, cuando fue visitado por Uribe, le dijo con sutileza que no estaba de acuerdo con el continuismo, la señora Clinton debe estar sumamente satisfecha con los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia.
 
Si analizamos independientemente la política interna de los Estados Unidos y su política externa, veremos que hay dos tendencias netamente diferenciadas, al igual que las que existen entre los economistas influyentes norteamericanos. Basta leer los artículos de Paul Krugman -que aparecen periódicamente en el periódico colombiano La República-.
 
Krugman ganó en el 2008 el Premio Nóbel de Economía por sus investigaciones sobre intercambios comerciales y sus aportes sobre la denominada economía de escala. 

Es columnista de The New York Times y profesor de la Universidad de Princeton en las áreas de economía y relaciones internacionales. Defiende los resultados económicos del New Deal y la intervención del Estado en la economía. Fue uno de las más destacados críticos de Bush. 

Como prueba de estas ideas anexo dos de sus artículos, donde se demuestra su antagónismo con Friedman (teórico del neoliberalismo que "ilumina" a los economistas colombianos en el poder).
 
Esa visión reduccionista, de mirar en bloque los sucesos que nos atañen, ha hecho, por ejemplo, que el 9 de abril de 1948 en Colombia lo veamos simplemente como una asonada y no como lo que fue:
Por una parte, el intento del pueblo gaitanista por derrocar al gobierno, razón por la cual avanzaron en Bogotá hacia el palacio presidencial, quemando los centros de poder y, en provincia, se tomaron gobernaciones y alcaldías, mientras que, por otra parte, el gobierno soterradamente daba la orden de abrir las cárcelas en Bogotá, con instrucciones precisas para que los presos quemaran la zona de la Plaza de Mercado y, en fila india, destruyeran las edificaciones que bordeaban la carrera séptima, a fin de lograr lo que desde meses antes pedían a gritos los urbanizadores en la Revista Proa y en El Tiempo.

O sea, que un Nerón quemara precísamente esos dos lugares o que la naturaleza los obsequiara con un temblor, para poder urbanizar y "crear plusvalía" (sic). 

Todo éso está documentado, pero la gente ha terminado introyectando la versión de la oligarquía, calificando ese día -que fue de insurrección popular- en el abominable, deliberadamente peyorativo y despectivo término de "El Bogotazo", que acuñó el periódico El Siglo, entonces dirigido por los declarados franquistas, Laureano Gómez y su hijo Álvaro Gómez, convertido por la izquierda en "santo de la democracia".

¡Que Dios los perdone porque no supieron lo que hacían con la memoria histórica!
GLORIA GAITÁN  Colombia
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