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Máximo Kinast Avilés

POR COLOMBIA

Amigo Alfredo Vera

Quito - Ecuador

 

Estimado compatriota de Nuestramérica,

 

Por conducto del amigo cubano, Pedro Martínez, recibí su solidario artículo titulado "Por Colombia".

 

Los colombianos debemos estar agradecidos con este importante gesto de hermandad y es por esta misma razón que me he sentido en confianza con usted, permitiéndome así decirle que no pude menos que llorar de desconsuelo, pues es cierto que la historia la escriben los vencedores y es la que queda acuñada en la memoria colectiva, hasta el punto que termina siendo difundida tal como ellos lo han querido, incluso, através de los luchadores más honestos y comprometidos con un mundo mejor.

 

Dice usted textualmente: "La guerra que generó todo este conflicto depredador de seres humanos se desató con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán (1949) cuando ya otras fuerzas y tendencias estaban en ebullición".

 

Esa es una afirmación que escucho y leo a diario y yo me empeño en aclarar, sin éxito, esa historia desde el punto de vista de las víctimas, dentro de las cuales me incluyo -por ser hija de Jorge Eliécer Gaitán- pero me niego a que se olvide que esa guerra comenzó exáctamente el 7 de agosto de 1946 y no el 9 de abril de 1948  

 

Ni un día más, ni un día menos, porque ese día tomó posesión como Presidente de la República Mariano Ospina Pérez quien, aconsejado por Scotland Yard, optó por conformar un grupo de sicarios, dependientes de la Policía Nacional, encomendándole al Coronel Virgilio Barco la escogencia de los hombres que conformarían este grupo de asesinos. El Coronel Barco escribió una carta -que existe y está en manos de la investigadora Constanza Ramírez- donde señala que fue a buscarlos a la vereda de Chulavita, en el departamento de Boyacá, porque es una "gente asesina y sin escrúpulos".

 

La idea era que esos sicarios se hicieran pasar por liberales, llegando a los pueblos conservadores, supuestamente a nombre del liberalismo, a matar "godos" -como se apoda en Colombia a los conservadores-  y luego, esos mismos individuos camuflados de conservadores, iban a los pueblos liberales a matar "cachiporros" -como en la época se apodaba a los liberales-, proponiéndose con ello generar un enfrentamiento entre pueblos liberales y pueblos conservadores.  

 

Mi padre, entonces,  viajó por todo el país denunciando semejante ignominia. En Cartagena, por ejemplo, dijo, tal como se lee en el periódico Jornada, vocero del gaitanismo, el 13 de abril de 1947:

 

"Pueblo de todos los partidos: ¡Os están engañando las oligarquías! Ellas crean deliberadamente el odio y el rencor a través de sus agentes, asesinando y persiguiendo a los humildes, mientras la sangre del pueblo les facilita la repartición de los beneficios económicos y políticos que genera tan monstruosa política". 

 

Pero los historiadores a sueldo y los comunicadores lacayos han repetido una y otra vez que se trató de una guerra civil partidista "entre el pueblo liberal y conservador" y que la guerra que hoy vivimos comenzó a partir del asesinato de mi padre, OCULTANDO DELIBERADAMENTE el GENOCIDIO AL MOVIMIENTO GAITANISTA, que le dió inicio a la ola de sangre y exterminio que hoy vivimos.

 

Así, el culpable de la violencia que generó la oligarquía en el gobierno de Unión Nacional de Ospina Pérez, resultó ser -según la memoria histórica- el mismo pueblo, como sucedió con la crusifixión de Jesús, que se la achacaron al pueblo judío, lavándole así las manos al Imperio Romano y me recuerda a Neruda cuando escribió que la muerte del pueblo no cuenta. Creo que esta es la razón por la cual un magnicidio adquiere enorme importancia, mientras que el genocidio de los humildes es borrado por la historia. NADIE LO MENCIONA y me basta terminar con el poema de Neruda, "Las Masacres" -que transcribo a continuación-  no sin antes reiterarle mi profundo agradecimiento con su solidaridad por la tragedia que vive Colombia desde hace 64 años exactamente.

 

Fraternalmente,

 

Gloria Gaitán

 

 

LAS MASACRES

Pablo Neruda

 

Pero entonces la sangre fue escondida
detrás de las raíces, fue lavada
y negada
(fue tan lejos), la lluvia del Sur la borró
de la tierra
(tan lejos fue), el salitre la devoró en la
pampa:
y la muerte del pueblo fue como siempre
ha sido:
como si no muriera nadie, nada,
como si fueran piedras las que caen
sobre la tierra, o agua sobre el agua.

De Norte a Sur, adonde trituraron
o quemaron los muertos,
fueron en las tinieblas sepultados,
o en la noche quemados en silencio,
acumulados en un pique
o escupidos al mar sus huesos:
nadie sabe dónde están ahora,
no tienen tumba, están dispersos
en las raíces de la patria
sus martirizados dedos:
sus fusilados corazones:
la sonrisa de los chilenos:
los valerosos de la pampa:
los capitanes del silencio.

Nadie sabe dónde enterraron
los asesinos estos cuerpos,
pero ellos saldrán de la tierra
a cobrar la sangre caída
en la resurrección del pueblo.

En medio de la Plaza fue este crimen.

No escondió el matorral la sangre
pura
del pueblo, ni la tragó la arena de la
pampa.

Nadie escondió este crimen.

Este crimen fue en medio de la Patria.

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