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Máximo Kinast Avilés

OTRO ONCE SIN GLADYS

OTRO ONCE SIN GLADYS

Pedro Lemebel

Viniendo para el diario a escribir estas letras sucias, tomo un taxi para llegar a tiempo, me apresuro haciendo parar el auto que no para y casi me tengo que encaramar al esquivo taxi. Casi le pido por favor al chofer que me lleve, tan orgulloso, tan soberbio, sobre todo en este mes aniversario de la caca patria. En la radio del auto suenan los viejos momios de los Cuatro Cuartos. Por favor, cambie la radio, le digo con voz de asco. ¿Y por qué? ¿Acaso usted no es chileno? De ese tipo de chilenos que glorifican la masacre, nunca, le digo rotunda. Entonces, bájese, me desafía el guatón con cara de pobre, con olor a pobre, pero con cabeza facha. Por supuesto que me bajo. Y ahí tiene una luca para que se compre un trapito tricolor, agrego dando un portazo. Entonces camino por el centro endieciochado de antemano, como si en este país septiembre sólo fuera el mes de la cueca, el copete y las empanadas.  

Pero existió el Once del golpe, a pesar del optimismo nacional que cacarea con el éxito monetario. Y me pregunto si este año iré a la marcha al cementerio. La vieja manifestación de todos los onces cuando sonaba el teléfono a las ocho de la mañana y era mi amiga
Gladucha para decirme: levántate, niño, que te esperamos en la Alameda. Y allí íbamos, con ese sol amarillo que pa más recachas alegra esta fecha trágica. Allí íbamos caminando en el tumulto bullicioso que arengaba. El pueblo unido... El que no salta es Pinochet... Jamás, jamás, jamás olvidaremos a ese asesino llamado... qué bello grito rescatado de la proclama futbolera. Ahí, a esa hora de la mañana, llegaba eructando los vapores tintos del trasnoche. Y Gladys me veía de lejos, y con un gesto me llamaba a encabezar la marcha. Me ahuecaba su ala con cariño para que a su lado, también yo formara parte del lienzo humano que lideraba el mitin. ¿Y por qué este maricón va adelante?, escuchaba alguna voz que, con justicia, alegaba por mi protagonismo. No te muevas de mi lado, me decía Gladys tomándome del brazo.   

Con nosotros, codo a codo, iban Sola Sierra, Carmen Soria, de coquetas gafas oscuras, Viviana Díaz y su severo recato, el negro Barrios colocándose para la foto y otros tantos políticos que asumían la frontalidad del acto. Doblábamos por San Martín porque no nos
dejaban llegar a La Moneda, desde los balcones la gente saludaba a Gladys, y ella respondía generosa los gestos de adhesión. Ella era la marcha, ella era la calle, el grito, la fatal conmemoración. Este será otro Once sin mi Gladys floreando de claveles rojos la mañana de
septiembre. Será otro Once con el Partido Comunista tomando tecito con el enemigo. Será otro Once con Michelle en palacio ahorrando palabras con una muda oración. Será otro Once invisibilizado con el derrumbe fastuoso de las torres gemelas. Quizás, un Once de barricadas y molotovs estudiantiles para animar el tedio de la marcha. Sin Gladys, por supuesto. Sin su hermosa presencia, dándome la mano cuando llegaban los pacos y quedaba la cagada. Y teníamos que apretar cueva entre el humo picante y los tunazos en el cementerio.    

Por eso, la marcha es un poco mía también. No soy un oportunista que agarra cámaras. Todas las mujeres me conocen, desde hace años que taconeamos juntas al cementerio. No estarán todas, por supuesto. Varias sucumbieron en estos años y no alcanzaron a llegar ni a saber qué pasó con su familiar clavado en el pecho. Pero vamos las que quedan, y gritaré tu nombre y los nombres de los sin nombre, querida. Gritaré tu nombre demasiado fuerte, para que no se note mi voz trizada llamándote en la ausencia. Gritaré tu nombre, Gladita, y tragaré mil lágrimas tratando de acunar la pena en el tibio recodo del corazón.

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