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Máximo Kinast Avilés

LA CASA DE MAMA BALDRA.

Para los que supieron (y saben) de la hospitalidad generosa de Mamá Baldra y también para aquellos que el incendio de Gorostiaga 685 fue, solamente, una noticia más.

Y, por supuesto, para los compañeros (amigos) de Tito, Moira y Glen, este intento de recordar y de cariño.

 

En la madrugada del viernes 30 de marzo, un incendio más despertó, alarmó al centro. Entre las casas afectadas por el fuego (también, por el agua) se cuentan las de Malagarriga y Lizardi, dos apellidos con larga data iquiqueña.

 

“Diario 21” dedicó –el sábado 31– su principal titular y las páginas 23 y 24: “¡DEVASTADOR!”

 

Fue en calle Gorostiaga con Vivar este incendio donde – para muchos habitantes de este puerto, llegados en las últimas décadas – solamente se quemó– “un restaurante y un local de tatuajes” (diario “Estrella de Iquique”, sábado 31, pág. 12). Sin embargo, con la casa de la familia Lizardi – Flores también se perdió un espacio, un lugar emblemático.

 

Pues, allí, Gorostiaga 685 vivía (vive) Mamá Baldra, cuyo hijo Humberto Lizardi Flores, profesor de Inglés y Filosofía, fue muerto en octubre 1973 cuando aún no cruzaba los treinta años. Fue fusilado en el Campo de Concentración de Pisagua (junto con otros militantes de izquierda) solamente porque vivía y actuaba por una sociedad más libre, solidaria.

 

Y después de este suceso trágico, la casa –el hogar– cambia abruptamente su rumbo.  La muerte de Tito lo avasalla todo: Cuán lejos se está de aquellos días felices, cuando papá Humberto vibraba con el deporte, activamente participaba en el club de las Alas Negras (Academia) y leía revista “Estadio” Mamá Baldra, entonces, vivía preocupada, solícita por su esposo y por sus tres hijos – Tito, Moira, Glen.

 

La muerte del hijo mayor  -repetimos– cambia el quehacer, ese transcurrir plácido de la familia Lizardi – Flores. Y, así, mientras el papá se encierra voluntariamente en su hogar y permanece a solas con su justa ira y recuerdos, mamá Baldra decide vivir como lo haría su hijo: proseguir con los ideales de Tito.

 

Llevando -¡siempre!– su dolor y soledad, mamá Baldra participa, llama, reúne, organiza, propone, habla, escribe. Escribe poesía y será un miembro entusiasta, necesario de la agrupación Tarapacá y del Taller Literario de Ross – Murray.

 

Pero, el afán esencial de Mamá Baldra fueron (son) los Derechos Humanos. Su presencia  -distinguida y luminosa- será infaltable en cualquier actividad relacionada con aquellos Derechos: desde la constitución de alguna agrupación, sacar boletines… hasta visitar a un relegado reciente. Y todo lo registra con su inseparable máquina fotográfica.

 

Y con el paso de los días, meses, años, esta casa (refugio amable) se transforma. Desde su entrada al patio, desde su segundo piso (ahora devastado por el fuego) va emergiendo un singular muro memorioso, una expresión colectiva de amor, tristezas y rebeldía. Gracias a la dedicación tenaz y cálida de Mamá Baldra se tiene un real testimonio de nuestra Historia no contada: dictadura de apu (1973).

 

En ausencia de Mamá Baldra, un incendio ha consumido gran parte de esta casa – Gorostiaga 685. Sin embargo, con la ayuda de todos sus compañeros (amigos) de ayer, hoy y mañana, estamos ciertos que -¡muy pronto!– la casa (el hogar) de Mamá Baldra seguirá con sus puertas abiertas, muy lejos de las puertas carcelarias. Seguirá altiva: como su dueña.

 

Guillermo A. Ross – Murray L.

Abril 2012  Iquique (Chile)

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