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Máximo Kinast Avilés

EL AMOR Y LA HUELGA DE HAMBRE

Escribe Luis Casado – 29/09/2010

La primera vez que fui a la India, por allá por 1983, me propuse entender algo de esa gigantesca Babel de culturas, religiones, lenguas, climas, colores y productos. Luego de una escala en Karachi mi entrada en la India  tuvo lugar por Calcuta en época de monzones. El choque cultural fue violento. Antes de partir había leído “Esta noche la libertad”, de Dominique Lapierre y Larry Collins, para conocer les entretelones de la independencia de la más grande democracia del planeta.

De niño había leído de las terribles hambrunas que asolaban ese país continente, de su larga historia que hay que contar en milenios, y los nombres de Gandhi, Nehru y algunos otros me eran familiares. Pero ninguna de mis lecturas podía acercarse siquiera a la realidad que tuve la oportunidad de ver en Calcuta, Bombay, Delhi, Hyderabad, Secunderabad y otros lugares.

Muchas cosas me impresionaron de la India, el país que junto a Brasil me resultó el más apasionante de los muchos que he visitado en los cinco continentes. Francia, Italia y España fueron y son parte de mi propia cultura, los llevo conmigo, hablo sus idiomas, vivo en ellos como en casa. Pero Brasil y la India me apabullan. Son como un pelín demasié. En fin, lo que quería contarte tiene que ver con Gandhi. Ese hombrecillo de apariencia frágil, pero cuya fortaleza y envergadura moral y política logró derrotar al poderoso imperio británico.

Si uno pudiese entrevistarlo creo que Gandhi nos confiaría que lo más duro de su combate no tuvo que ver con los rosbifs, que luego de una testaruda resistencia y una represión sanguinaria terminaron por irse dejando detrás muchos cadáveres y una montaña de botellas de whisky vacías. Probablemente nos dijese que lo más duro y cruel fueron las disputas entre sus seguidores. En medio de la tremenda conmoción de la lucha por la independencia los combates fratricidas entre musulmanes e hindúes hacían miles y miles de muertos, heridos y mutilados.

Gandhi, el pacifista que ya todos llamaban Bapu (padre) o Mahatma (alma grande), sufría cada una de esas víctimas como si fuesen sus propios hijos. De modo que para terminar con los conatos de guerra civil no tuvo más remedio que inventar un arma poderosa, un arma de disuasión masiva, la única que podía hacer regresar la razón, la paz y el respeto mutuo: la huelga de hambre.

Es imposible para mí, en estas condiciones, comer nada (…) La locura humana no tiene fin. Por eso el hombre debe sufrir (…) Mañana comienzo a ayunar. Abha preguntó: ¿Por cuantos días? Bapu respondió: No hay límites. Mi ayuno durará mientras la paz no haya regresado (…) O lo logro, o muero. Si la paz no vuelve solo puedo morir”.

De ese modo Mahatma Gandhi puso en peligro su propia vida, haciendo responsables de su muerte a quienes le amaban. Musulmanes e hindúes. La huelga de hambre estaba dirigida contra quién le amaba. No contra quién le odiaba. Cuando su salud ya se había deteriorado y su muerte era algo más que una probabilidad, le vino a ver un líder musulmán que llorando le dijo: “Se lo ruego, detenga su ayuno. Yo asumo la responsabilidad de que ningún musulmán de esta ciudad cree ningún incidente”. El líder hindú también le prometió preservar la la paz. Pero Bapu respondió: “No puedo parar mi ayuno mientras toda Calcuta no respete las condiciones que he planteado (…) Mi ayuno solo puede terminar si los sentimientos que habéis expresado están presentes también en el espíritu de los asesinos”.

Muchos años más tarde, en 1981, prisioneros irlandeses del IRA le hicieron una huelga de hambre a Margaret Thatcher. Entre ellos Bobby Sands, que había sido electo al Parlamento Británico. Diez de ellos murieron. Y no obtuvieron nada. Porque Thatcher no les amaba. Les odiaba. Lo que te cuento explica la actitud del gobierno de Piñera, y el comportamiento de quienes le precedieron en el poder: ninguno de ellos ama a los mapuche. Les importan un cuesco.

Cuando María Tralcal declara: "No entiendo la insensibilidad de la ministra Von Baer", hay que decirle que no hay nada que entender: uno no le puede hacer una huelga de hambre a quién no le ama.

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